Horror Vacui: mi miedo al silencio

 

Leo, continuamente, que vivimos en una sociedad que sobreactúa, sobreexpuesta, sobrexcitada… También es, como podemos ver, sobre catastrofista. Lo que es cierto, más allá de estos tópicos y lugares comunes, es que hay un elemento que está quedando olvidado en esta orgía social ininterrumpida: el silencio.

Alguna vez me lo he planteado, pero nunca lo había experimentado en mis carnes (o mejor dicho cartílagos, de mis orejas). El silencio ha estado ciertamente relacionado con la soledad, aunque cada vez más, a medida que el ser humano se ha ido creando las burbujas urbanas y retirado de la naturaleza, que nunca está en silencio, nunca calla.

Y fue hace poco cuando descubrí que es, seguramente, lo que más nos aterra, quizá al mismo nivel al que nuestros más jóvenes les crece el nerviosismo a medida que ven que su fotografía recién subida a alguna red social no recibe ‘likes’. Sienten tal vacío que acaban eliminándolo: con lo que nadie interactúa no existe en sí.

Ese miedo lo experimenté aquí en Bruselas donde vivo y paso gran parte de mi tiempo solo. En casa la radio es una compañía muy necesaria, acaba haciéndose una compañera, un sonido que te acompaña durante todas las horas desangeladas, vacías y marchitas. Los sábados noches que no puedes hacer nada y los domingos a mediodía lejos de la mesa de la familia.

Recuerdo perfectamente la primera vez que el terrorífico silencio me acosó. Fueron solo unos segundos, pero suficientes. La radio se cortó, y el silencio atronó, fuerte, retumbando contra todas las paredes del salón. Me llegué a poner nervioso mientras trataba de que el sonido de mi única compañera volviera, pero incapaz acabé bajando los brazos y admitiendo que, quizá, tuviera que lidiar con mi nuevo compañero de piso: el silencio.

El par de minutos que tardó de nuevo en volver la frecuencia de aquel partido entre el Cádiz y el Rayo Vallecano me llevó, cuesta abajo y sin quererlo, a una reflexión autodestructiva para mi: formo parte, sin quererlo, de una sociedad que tememos el silencio, pero no lo tememos en sí, no es un miedo irracional, le tenemos miedo porque nos obliga a mirarnos al espejo, a enfrentarnos a nosotros mismos, nuestras filias y fobias, nuestros defectos y nuestros peores pensamientos.

Vivimos en la sociedad del ‘horror vacui’, en la edad del barroco social, del pan de oro en los entresijos de nuestras vidas públicas. Es el mismo miedo irracional que paso cuando me enfrento al folio en blanco cada vez que quiero sacar algo de mis entrañas.

Miedo al vacío, en general. Como esos artistas que pasaron del equilibrio renacentista al desenfreno ornamental del barraco más cabalgante, el terror a que quedara un solo hueco vacío en la basílica. El miedo a ser demasiado sencillos, simples. Aunque eso sea equilibrado, bello y sabio.

El miedo del enfrentamiento a uno mismo no es ni mucho menos irracional: es el miedo a descubrir que somos solo eso, el pan de oro del barroco, y el pan de oro siempre acaba desconchándose. Nos sentimos tan valiosos, tan valorados, aunque esa valoración solo se basa en la cadena de favor que establecemos para que nadie se sienta inútil, que el hecho de tener que enfrentarnos a nuestro propio escrutinio nos asusta, nos aterroriza.

Este texto ha sido escrito en el más atronador ruido, huyendo de mi vacío, de la sombra del silencio y entregado a los cálidos brazos del horror vacui social.

 

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