Bruselas y el miedo

Cuando decidí mudarme a Bruselas para trabajar como periodista en la capital comunitaria, la imagen de los militares en las calles de la capital belga inundaban los telediarios del mundo entero. Se buscaba a Salah Abdelsam después de los atentados de París del 13 de noviembre. Y no eran capaces de encontrarlo. Las noticias de que se les había escapado porque no podían registrar casas durante la noche dibujaban a un “estado fallido” en aspectos de Defensa e Inteligencia. Un puto desastre. Todo el mundo hablaba de ello.

Había firmado mi contrato para mudarme a Bruselas hacía solo unos días cuando el 22 de marzo me despertaron: “Ha habido un atentado en Bruselas y parece gordo”. Mierda, pensé. Hoy todavía me paro a la entrada de la parada de Maalbeck a ver un folio, medio roto, impreso con todas las caras de los asesinados en aquella estación de metro. Debajo de una de sus caras se lee: “Te echo de menos”. Cada vez que lo veo imagino a la persona que, rota de dolor, y bajo la lluvia perpetua de Bruselas, sacó un rotulador de color negro y, en soledad, escribió ese mensaje que nunca recibirá nadie. Solo los que por ahí pasamos y bajamos la vista.

Cuando sucedieron los atentados empezó la frase que más escuché hasta que me mudé definitivamente en julio: “¿A Bruselas? ¿Y no tienes miedo?”. Como si cogiera las maletas y me fuera a Kabul, con el casco bajo el hombro. Al principio me decidí a contar las veces que me lo preguntaban, pero cuando ya lo hacían dos o tres veces las mismas personas desistí.

Imagino la idea de Bruselas que tenían y tienen: aterrizas en el aeropuerto y bajas en mitad de un fuego cruzado mientras intentas alcanzar una zona segura de la terminal. Cristales rotos y monitores agujereados por las balas yihadistas. Y luego intenta salir del aeropuerto porque, claro, es Bruselas, los carteles estarán en árabe, ¿no?

Esa caricatura de Bruselas la reafirman quienes visitan la ciudad y se pasean por el centro y ven, con los ojos muy abiertos, como algunas personas se pasean en chilaba por la Grand Place. Cuando les explicas que es que Molenbeek está a dos pasos se escandalizan todavía más: “Pero, pero…”. Los militares en las calles no ayudan. También en Madrid se pueden ver y, claro está, llevar chilaba no es un delito (por ahora).

Bruselas, y Bélgica en general, ha cometido muchos errores y ha sido el paraíso terrorista durante mucho tiempo, es cierto. Los etarras podían llegar a Bélgica y decir “casa”. Durante mucho tiempo no fue golpeada y ahora sufre errores del pasado. Escribí un artículo sobre eso (link) y no creo que colaborara a empeorar la imagen de Bruselas: es presa de los errores de su pasado que han creado comunidades de inmigrantes nulamente integradas incluso en sus terceras generaciones y han facilitado que la presencia religiosa en la capital comunitaria sea de la tendencia del islam más extremista. Dejémoslo claro: el problema no es la inmigración. Los españoles hemos sido históricamente inmigrantes. El problema es que esa inmigración no se integre, se sientan faltos de identidad y encuentran en aspectos que les unen, como la religión, un hogar. Si la rama religiosa que has fomentado es extremista, apaga y vámonos.

Sembraron y recogen. Pero no es Afganistán. Es una ciudad maravillosa, multicultural, cultural a secas, llena de rincones y de planes apasionantes.

El miedo nos hace presos a todos. A usted también, no se engañe. La paranoia nos atrapa y nos hunde en la noche más oscura. Unas semanas después de instalarme me fui a visitar a unos amigos a Ámsterdam y fue allí donde observé algo que cada vez se repite más.

En Ámsterdam se celebraba ese fin de semana el día del orgullo gay a nivel europeo. No dijimos nada antes de soltar la frase: “Si alguien decide volarse estos días, el sitio va a ser este”. Y no somos gente obsesionada, imagínese quien ve demonios (o a Alá) en cada esquina. Estando en Dam, en el monumento nacional, viendo como se hacían las pruebas de sonido de los conciertos que habría por la noche, se escuchó un estruendo. La cara de la gente lo decía todo. Ya no se sospecha de otra cosa. Lo primero que te viene a la cabeza es lo que te viene a la cabeza: “Están aquí”. El trabajador que descubrió que no puede comer un bocadillo y sujetar una barra de metal al mismo tiempo descubrió también que aquello no se debía hacer si no se quería asustar al personal.

Semanas después cogí el metro con mis padres, de visita en Bruselas, para acercarnos al centro. En Park el metro frenó en seco y un chico sentado delante mía abrió los ojos, se agarró a la barandilla y comenzó a mirar hacia todos lados y hacia todos los que estábamos allí. No sé si el chaval estaría asustado porque se hubiera estropeado el metro, pero para mi estaba pensando en lo mismo que sospechaba que estaba pensando más gente en ese vagón. Intenté meterme en la mente de aquel chico: “No me he despedido de mi madre. Este fin de semana iba a quedar con Marianne, después de tantos meses intentándolo. Mierda. Ahora no”.

Cuando el tren volvió a andar me reí con mis padres del miedo que había pasado aquel pobre joven. Error. Craso error. La paranoia nos alcanza a todos aunque no queramos pensarlo. Y quien no quiere pensarlo solo huye de ella.

Me sentí mal por pensar que ese chaval se había asustado porque también había pasado por mi cabeza, aunque cada uno controle sus pensamientos y sus miedos como bien pueda. Unas semanas antes me subía a un avión para pasar una semana en España, y justo una hora antes leí un artículo que me había llegado sobre cómo los grupos terroristas estaban invirtiendo dinero en buscar artefactos que pudieran meter en aviones. Fue una idea de mierda.

Me descubrí a mi, que me suelo quedar dormido antes del despegue (y eso que el cacharro se menea) aferrado al asiento. Y lo peor: rezando. Y yo no rezo. Hace años que no lo hago. Cuando terminé dije hacia mis adentros: “Mira, a la mierda, si esto tiene que explotar que reviente y a tomar por culo. He vivido una buena vida y me he despedido de los míos”.

Me considero una persona racional y bien informada. No me dejo llevar por el pánico y siempre que hay algo parecido a un atentado me alejo de cualquier dispositivo que me pueda hacer colaborar al terror colectivo hasta que no haya información contrastada.

Después de unos meses viviendo en Bruselas me he dado cuenta de la clave del asunto: el miedo no tiene fronteras. La paranoia se multiplica por diez en Bélgica porque se ha dibujado ella sola una nube negra encima, pero pasa en Madrid, en Berlín, en Roma, y, no digamos en París. El miedo se expande y cruza el continente. Y si no que se lo pregunten a las personas que corrieron y sufrieron ataques de pánico en Platja D’Aro que confundieron un ‘flashmob’ con una estampida y los ‘palos selfis’ con armas. Y no es Bruselas, creo.

La capital belga está sufriendo mucho, y más incluso que por los atentados, por el miedo que se ha instalado sobre Bruselas. Pero no se engañen: se ha instalado también en Europa, y aunque ustedes quieran pensar que solo toca a la puerta de los que vivimos aquí, en Bélgica, no es así. También está ahí, en sus ordenadores o móviles, esperándoles en forma de racismo o de voto a los extremistas. Está acechándoles, así que cuiden sus espaldas. Ah, y les aseguro que si vienen el aeropuerto no es un escenario de un videojuego de tiros. Al menos la última vez que estuve.

Aquel avión en el que me subí no explotó, como pueden comprobar. Me agarré fuerte al asiento hasta un rato después, y comprobé que seguíamos volando. Empecé a quedarme dormido. “Puedes estar tranquilo, aquí, tan arriba, ya no va a explotar, no hay nadie que lo grabe, ¿de qué les serviría?”. Y ahí, mientras me hundía en el sueño, llegué a la clave de todo esto: “No hay nadie que lo grabe. Ellos no me quieren matar. Ellos quieren que tengamos miedo. Ellos nos están ganando la guerra. Ellos no quieren a 100 personas muertas y a una viéndolo, porque no les sirve de nada. Ellos quieren a uno muerto y 100 mirando. Esa es su arma, esa es su guerra. El terror”. Y me dormí.

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