El único problema con tu currículum es que eres una mujer

Olvídense de quién soy. Ustedes no lo saben, detrás de estas gafas de sol no hay nadie, solo la sombra de un hombre y la extensión de un pasado matrimonial. Solo queda el rastro de lo que fue un linchamiento público. Quiero contarle mi historia.

Soy una mujer, de avanzada edad y con grandes aspiraciones. Siempre a la sombra de mi marido, un hombre sonriente, apacible e, indudablemente, atractivo. Se retiró del mundo empresarial hace muchos años y, aunque en realidad no nos hablamos, dormimos en habitaciones distintas y ni si quiera nos dirigimos la palabra, seguimos juntos porque la sociedad no admitiría que yo estuviera soltera.

Hace algo más de un año empecé mi carrera para optar por un buen puesto, bien pagado y con importancia dentro de una gran empresa en la que llevo trabajando desde hace muchos años. Muchos lo dijeron enseguida: solo opta a ese puesto por la influencia de su marido, ella no ha hecho nada por conseguirlo. Curioso, porque hasta hace poco era la encargada de todas las relaciones internacionales de la empresa. Pero no. No había hecho nada para conseguirlo.

No nos mintamos: a los de la planta treinta y cinco no les gusta un pelo que una falda mande sobre sus corbatas. Pero, ¿cómo van a decir algo en contra públicamente? Ni que esto fuera una empresa de la industria de la construcción. No hemos llegado tan lejos.

Si bien los caballeros de puro en boca y señorío altivo no arremeten contra mi directamente, lo hacen mediante otros métodos, quizá menos visibles, pero mucho más destructivos. Mi empresa, aunque no es una constructora, es también tremendamente machista por dentro, aunque por fuera intente formar parte de ese grupo de organizaciones que hacen como que respetan la igualdad.

Desde que opté al cargo todos me observan, todos me miran y todos me buscan. Nadie me perdona. No voy a entrar en si soy una buena candidata al puesto o no, porque realmente eso les da igual, lo único que les importa es una cosa: soy mujer.

El machismo recalcitrante y subcutáneo es una maquinaria bien engrasada. “Nuestra empresa está acostumbrada a que sus directivos son hombres, mayores, tradicionales, de piel gruesa y acostumbrados a la batalla cuerpo a cuerpo. ¿De verdad van a aceptar órdenes de una mujer?”. Es normal: ¿de qué forma una mujer, que, claro, tendrá que elegir el modelito del día, va a sentarse en una mesa y va a imponerse sobre sus subordinados? ¿En qué momento perderá su autoridad, si es que alguna vez la tiene? ¿Cuándo se descuelgue el bolso o cuando lleve un vestido que no sea negro?

Cuando llegaba a casa, mis familiares tenían que soportar esa presión sobre sus cabezas en forma de preguntas. El machismo pasivo.

Después empezaron otro tipo de dudas. Para poder optar a un cargo en lo alto de la torre de mi empresa es necesario reunirse con mucha gente, muchas comidas, cenas y viajes de trabajo, meses sin pisar tu casa y dar la mano a mucha gente. Si tosía durante una de las reuniones, al volver a la oficina descubría que todo el mundo dudaba de si estaría enferma. Otros candidatos antes habían tenido problemas, insignificantes por cierto, similares, y nadie había dudado de su salud.

Un día de septiembre me desmayé. ¿Cómo podrá ser jefa una mujer que se desmaya? ¿Cómo sería eso posible? Es débil. E, irremediablemente, es débil porque es mujer.

Mi nombre es Hillary.

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