Zalo y yo (I)

Este es un extracto de algo mucho más largo que escribí. Aviso: los nombres directamente relacionados con la mafia son verdaderos, salvo el de Zalo, y muchos de los hechos que aquí se contarán ocurrieron realmente. Todo lo demás es ficción. O no.

Era un abril de sol y terraza cuando volví a ver a Zalo, mientras andaba de visita en Italia, compartiendo cenas y cervezas con algunos amigos de profesión. Habían pasado muchos años y muchos kilómetros. Recordaba a aquel chaval como el niño con el que jugaba al fútbol en el asfalto, siempre con una camiseta del Milan con el 7 de Shevchenko en la espalda. Aquella era la única relación que conocía de Zalo con Italia. Hasta aquel día.

La primavera en Roma tiene algo especial. Como cualquier día allí. Zalo se sentó delante mía, al otro lado de una mesa metálica, con una camisa azulada, casi transparente, estampada con cuadros y una pequeña cazadora. Llevaba barba de cuatro días y gafas de sol de esas que usan los dictadores. “Come va?” me dijo en un italiano sureño. “E va bene, che diavolo ci fai qui?” le respondí. Aquello era surrealista. Él me había citado en aquel café, y me había indicado que me sentara y esperara. Me citó en un local que, curiosamente, estaba en una de mis zonas favoritas de la capital, cerca de la basílica de Santa María in Cosmedi. En algún momento pensé que aquello era una encerrona, que aquella noche me tiraban al Tíber. Tampoco iba muy desencaminado.

Zalo había abandonado el mundo de las drogas y de la delincuencia en su ciudad de nacimiento, en la provincia de Cádiz, porque había visto la luz del señor y se había ido a Roma a hacerse cura. No había alzacuellos por ningún sitio. El chaval acabó blanqueando dinero de la Mafia en el Banco del Vaticano como quien hace rosquillas y acabó integrándose en la Cosa Nostra. El actual capo de la mafia, y uno de los diez hombres más buscados por el FBI, había convertido en Zalo en algo menos que su ‘consigliere’.

Lejos de la fama de sus antecesores al mando de la organización criminal, Matteo Messina Denaro (1962) se crió como un asesino en nómina de los Corleoneses y a diferencia de los anteriores capos este es un Cristiano Ronaldo de la mafia: muchos coches, mujeres… Pero lleva 23 años desaparecido. Zalo se ha acabado convirtiendo no solo en su mano derecha, no solo en el hombre que, desde dentro, ayudó a blanquear dinero a toda la mafia siciliana, sino que ahora se había fugado (buscado por el Vaticano, y quizá por la policía italiana) a Palermo, donde vivía tranquilamente desde hacía seis meses. Había dejado los hábitos. Supongo. Y también supongo que debía tener tareas muy concretas dentro de la organización.

Aquel tipo con cara tosca y modales rayanos en la inexistencia con el que jugábamos al fútbol de pequeños se había convertido en lo que en su día fue Marcello Dell’Utri para Berlusconi: un intermediario de la mafia con todo lo demás. Nada de lujos. Nada de glamour. Los mafiosos quieren parecerse a los protagonistas de ‘El Padrino’, pero realmente son grasientos y ordinarios como en ‘Los Soprano’. También Zalo.

Me citaba allí para decirme que había un amigo mío, Luca Colombo, de La Reppublica, que estaba investigando el asunto del blanqueo de dinero y estaba cerca de él, que eso tenía que terminar. “Eso no es justo”, le dije. “Sarà proprio quello che dico” me dijo, tremendamente serio.

“La justicia no se puede discutir. Es o no es justo”, le repliqué. “Solo un gilipollas se pone a discutir si es justo o no conmigo” farfulló ya enfadado. “Questa è la giustizia”, dijo mostrándome una pistola que llevaba en la cazadora.

“La justicia no es lo que debería ser, sino lo que el que más fuerte dice que es”, me comentó mientras salíamos de la cafetería. Sonreí a Zalo y salí de allí.

Colombo salió por patas de Palermo aquella misma noche, porque por curiosidades de la vida estaba en la isla aquel día. Él, Francesco Conti y yo salimos desde Roma, en un Alfa Romeo, para acabar abandonando Italia por la frontera con Suiza. Cuando llegamos a aquella frontera yo solo pensaba que nos iba a pasar como en ‘El Padrino’, que nos iban a acribillar a tiros ahí mismo. Y ni si quiera sabía por qué iba en ese coche, porque aquello no iba conmigo. Supongo que esperaba poder escribir un libro sobre aquella historia. Así que aquí va lo que pasó en aquellos días de velocidad…

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