Kobe Bryant: algo murió dentro de mí

Algo murió dentro de mi hoy al borde de las 7 de la mañana cuando lejos, muy lejos de mi cuarto, en Los Ángeles (California) un genio levantaba los brazos y se marchaba hacia un banquillo en el STAPLES Center.

Algo murió en mí esta mañana. Todos tenemos alguien o algo que marca nuestra forma de ser, de sentir, de expresarnos y de comprender el mundo, alguien por el cual codificamos lo que hay ahí fuera, lejos del círculo familiar. Sería muy romántico que en mi caso hubiera sido un libro, o un periodista, pero no, fue un tío que se llama Kobe Bryant.

La primera vez que lo vi jugar solo pensé una cosa: “ese tío está flotando”. Cada movimiento dejaba a su paso una estela de clase, de maestría, de leyenda. Cuando empecé a verlo con más detenimiento decidí quería ser como Kobe Bryant.

Por culpa de Kobe destrocé mi reloj del sueño desde muy joven, levantándome a escondidas de mis padres a las tres y cuatro de la mañana para verlo. Nunca recuperé mi ritmo de sueño.

Viví y crecí con un poster de Kobe, todavía con el número 8, pegado en el armario blanco de mi habitación. Nada me hizo más ilusión que una camiseta de los Lakers con su nombre y el número 24. Nada me apasionaba más que discutir con aquellos que decían que LeBron James era mejor que él. Yo solo esgrimía que era mucho más importante la clase que el físico. Acabé gritando acerca de la autoridad moral que suponía Bryant. Así estaban las cabezas.

Me tiré noches grabando los partidos para al día siguiente ver una y otra vez cada canasta, dándole al ‘pause’ cuando se suspendía en el aire eternamente mientras yo suspendía los dictados en clase de lengua una y otra vez, casi con la misma precisión que Bryant anotaba los tiros de media distancia.

“Es un caso perdido. Vuestro hijo jamás aprenderá a escribir” le dijo un profesor a mis padres, desesperado de tirarse horas conmigo intentando hacer que diferenciara una jodida ‘v’ de una jodida ‘b’. Y habría llevado razón de no ser por Kobe. Mi obsesión por el baloncesto me llevó a empezar a escribir una revista que editaba en Word e imprimía para mis padres y que acabó siendo, no solo lo que me enseñó a escribir sin cometer crímenes contra la RAE, sino que fue el elemento que me hizo decantarme por estudiar periodismo, aunque paradójicamente me separara muy rápido del periodismo deportivo. Dedicaba mañanas y tardes a escribir sobre la mecánica de tiro de Bryant, sobre los récords anotadores de Chamberlain y sobre la demolición del antiguo pabellón de los Philadelphia, The Spectrum.

Kobe siguió dentro de mí incluso cuando ya no tuve tanto tiempo para él. El estilo, la maestría, como si fuera un espadachín, la esencia de sus movimientos y su mirada se quedó clavada como un código de honor que tengo que intentar seguir en cada cosa que hago. Cuando escribo intento parecerme a Bryant, aunque jamás me vaya a acercar. Intento moverme suave, levantarme y suspenderme en el aire para poder lanzar desde lo más alto posible. Y cuando he lanzado doy tres saltos hacia atrás, como él. Bryant no se conforma con anotar, el balón tiene que entrar limpio en el aro. No me impresionan los mates: es cuestión de físico; me impresionan los que tienen la precisión y la clase, la perseverancia de no querer hacer cualquier cosa, sino de hacer una obra maestra en cada tiro. Y una de las últimas cosas que aprendí de Bryant fue a detectar los Kobe que hay a mi alrededor y a aprender de ellos, de cada tiro que hacen, de cada consejo que dan. Porque aunque él pareciera magia, no lo era: solo consistía en trabajo duro.

Le debo tanto, que hoy algo ha muerto dentro de mí.

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