Un tobogán para pasar a la posteridad

Sé que esto es de hace semanas, pero tengo que volver sobre ello, porque entonces no tuve tiempo para deleitarme. Si me dan a elegir entre tener la información de que Pablo Iglesias y Rajoy van a pactar o esto de lo que voy a hablar no tengo ninguna duda. Con estas cosas no se juega.

Hay noches en las que me despierto, desorientado y enciendo la luz de la mesilla de noche mientras me pregunto: “¿Dónde estoy”. Es normal cuando tienes dos casas y una mansión en Suiza, no siempre tienes la cabeza donde tienes los pies. Después enciendo el móvil y veo la noticia de un alcalde inaugurando un tobogán en una localidad granadina y respiro hondo, como cuando te percatas de que todo ha sido una pesadilla. Exhalo profundamente y me digo a mi mismo, “vale, es España, por un momento tenía la sensación de que nos habíamos convertido en un país serio”. Admitámoslo, sería una pesadilla, al menos para los que escribimos, porque sería jodidamente aburrido. A ver qué carajo hacemos sin poder escribir sobre toboganes o el alcalde de Podemos que es un yonqui de la gomina .

Es increíble y supera cualquier ficción. Cada vez que me siento delante de un papel en blanco para escribir la novela con la que lo petaré, me haré de oro y me compraré una vida digna, empiezo a pensar… Y es que joder, cómo escribir ficción teniendo estos niveles soterrados de realidad.

Ahí está el alcalde, presentando un precioso tobogán amarillo desamparado en un parque donde, por no verse, no se ven ni a niños, que seguramente hayan salido corriendo. Porque el tobogán no puede hablar, porque sino diría muchas cosas. Si lo equivaliéramos a una fotografía el tobogán tiene la cara del típico amigo que sale en la foto de comunión con una cara de mala hostia que revienta, como si ya supiera que en su interior habita el anticristo y que solo espera a las primeras gotas de alcohol para manifestarse. El tobogán tiene esa mala hostia guardada que ya demostrará partiendo piernas a chavales inocentes.

En esta escena la única que parece percatarse de la situación es la profesora. Atentos, COLUMPIO-MARACENA-552x310mírenla. Ella observa el tobogán sabiendo algo que nosotros desconocemos. Como que cuando los niños se tiren (algo que entra en un campo totalmente hipotético) al final del tobogán se abrirá una trampilla. O que ese suelo negro en verdad es de velcro y que cuando los chicos caen al suelo se quedan pegados y ahí para siempre, como en la cola del INEM o como un símil con ‘La cabina’ de Antonio Mercero.

No lo sabemos, pero quizá los pocos chicos que estaban en aquella escena se escondían detrás de los cámaras. Sí, en plural. Lo preocupante es que había más de un cámara. Eso, o las autoridades veían a los chicos alejarse campo a través y el fotógrafo los sacó como estaban, que para estar ahí haciendo el paripé mejor se iba a echarse un lingotazo. En caso de que los niños estuvieran detrás de él o los cámaras, los imagino mirando fijamente el tobogán antes de darse media vuelta para convertirse en politoxicómanos, porque después de haber flipado tanto con el maldito tobogán, eso de las drogas tampoco podía estar tan mal.

Quizá algún día esos chavales usen ese tobogán para sentarse a ligar con las churris mientras escuchan música con los altavoces de sus móviles… Quizá, y solo quizá, nuestra reducidas mentes no alcancen a entender que, en realidad, ese es, precisamente, el público objetivo del alcalde. Al fin y al cabo, en parvulario todavía no se vota.

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