Gris y en botella

Tengo un amigo gris. Muy gris. Demasiado. Quizá nos dimos cuenta demasiado tarde. Deberíamos habernos percatado la primera vez que fuimos a un local de comida rápida y se pidió una ensalada. Poco después ya era demasiado tarde.

Es gris, pero no del todo. Hay días que es azul, otros se torna en morado. A veces es sí, otras no, y la mayoría ‘no sé’. Es neutro hasta para decir que es neutro. Es camaleónico, es insulso y un despiadado carnicero de cualquier emoción. 

Él estudia, pero no aprende; va a la universidad, pero no abre su mente a la universalidad; viaja, pero no se quita la boina. Un día me senté con él a tomarme un cerveza. Él bebía una sin alcohol, por supuesto, la idea de una postura respecto a la cerveza abría en él una falla en su sistema de creencias.

– “No te mojas en nada, cabrón”
– “No nos diferenciamos en tantas cosas” dijo mientras miraba distraído una televisión.
– “Sí, en que tienes horchata en las venas”
– “No, en que si un día tienen que buscar a alguien por sus ideas y pegarle un tiro irán a por ti y no a por mi” replicó, tremendamente en serio aunque sonriendo, porque él nunca podía dejar de lado su ambivalencia.
– “O irán todos a por ti por sospecha” contesté.
– “Ya, pero en tanto por ciento tienes tú más posibilidades”.

Quizá fue una de las dos únicas conversaciones concretas y exactas que tuve jamás con él. Este tipo gris me viene hoy a la memoria porque me recuerda a España y a la política española. Gris, falta de compromiso y de posiciones reales, intentando no molestar a nadie en el continuo, digno y necesario, ejercicio de la búsqueda de la opinión favorable de la mayoría. Lo que se llama ser ‘políticamente correcto’, y yo llamo materia gris. Un día se me ocurrió la maravillosa idea de aplicarle el cuento:

– “Eres demasiado políticamente correcto”
– “Vete a la mierda”.

Esta fue la segunda conversación concreta que tuve con él. Hace poco, y pensando en la pena que me da que haya que matar cerdos y, sin embargo, lo buenos que están, se me congeló el cerebro con esa disonancia cognitiva en la que siempre vivió mi amigo. Me sentí un poco como él. Aquello me llevó a volver a intentar, por última vez, tener una conversación profunda con él.

– “No te mojas en nada, cabrón”, le repetí, como aquella vez.
– “Es que soy gallego”
– “Ya…”
– “¡Eh! Pero de padres andaluces”

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