El miedo a morir

Francisco vivió muchos años, y para mi siempre fue viejo. Siempre fue un mapa lleno de hendiduras en la cara y con una barba que escondía sus arrugas y reflejaba poder. “Esto es abominable”, decía siempre. “Esto es una mierda. Hemos sustituido los dioses antiguos por uno nuevo. El dinero. Se arrastran. Sacrifican su propia vida, su propia felicidad, solo por dinero. ¿Y los estúpidos son los que rezan porque creen que hay una vida después de la muerte?”, respiraba. “¿Qué hay más estúpido que sacrificar tu felicidad en la única vida que tienes por supuestamente aprovechar esa única existencia?”, decía mientras movía un cigarro en sus dedos. “Deja de fumar, te vas a morir”, le decía una voz femenina desde el fondo de la barra. Francisco miraba a la televisión y decía: “No te jode. Como si no me fuera a morir igualmente”. 

Francisco oxidó sus huesos huyendo del franquismo. “Era un comunista con dos pares de cojones, no como los de ahora” decía con una leve sonrisa. A cada día que envejecía aumentaba su pericia para añadir insultos a su diccionario. “¿Y por qué eres católico siendo comunista?” le pregunté un día. “Soy católico porque fui comunista. Cuando uno es gallardo y arrogante, joven y prepotente, es comunista. Después te haces viejo. Te das cuenta de que Jesús era un hippie y el Nuevo Testamento el primer Manifiesto Comunista de la Historia”. No le gustaba hablar del tema, seguía siendo igual de comunista, solo que tiene miedo a morir, y no lo quería admitir.

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