Cuando el cabrón te dejaba sin recreo

Nunca fui un niño demasiado cabrón, pero por suerte crecí en una clase en la que la mayoría de mis compañeros tenían un doctorado en el asunto (¡Hola chicos!). Pasamos desde los 6 hasta los 18 años en un colegio solo de chicos, así que existía una total carencia del sentido del ridículo y todo se reducía a una continua competición para ver quién perpetraba la burrada más calamitosa.

Lo que nunca nos faltó fue sentido del honor. Sí, llevamos a un profesor al borde del psiquiátrico, y dicho docente tuvo que huir solo dos años después de empezar a darnos clase, pero cuando nos graduamos le llamamos para invitarle. Por supuesto nos mandó al carajo. 

Pero algo aprendí de todo aquello: la puedes liar, pero tienes que aceptar las responsabilidades. Hay dos tipos de cabrones en el mundo de la escuela. En nuestra clase estaba el que la montaba gorda (que eran el 85% de los alumnos), lanzan piedras a los viandantes y ese tipo de síntomas de una enajenación mental en estado avanzado. Pero en este momento se ramifica en dos tipos de personas. Cuando el profesor llegaba a la clase y pedía que saliera el responsable estaba el chaval que asumía la culpa y se comía el marrón y estaba el mamón que callaba y por el que el resto copiábamos 500 veces “No tiraré piedras a las gaviotas”.

Una vez, uno de los tipos más fantásticos y divertidos que he conocido jamás utilizó mi zapato (con mi consentimiento) para destrozar un metacrilato que le perseguiría para siempre como un fantasma de Navidad. El subdirector del colegio entraba por la puerta justo cuando mi calzado rompía en dos el mencionado metacrilato. Al pobre le cayó una riña y yo acudí más tarde al subdirector para contarle que mi zapato era el arma del crimen. El buen hombre me despachó y me dijo que me largara y que no fuera prestando zapatos por ahí. Yo solo tenía claro que quería ser del grupo de los que aceptaban la responsabilidad, no de los que puteaban al resto por su gracia.

Pues bien, Rita Barberá es de este segundo grupo. No sé si ha sido ella la que ha roto el cristal de la clase de ciencias, pero desde luego su zapato ha sido el que ha cruzado la ventana. Y el director la ha llamado a su despacho. Pero está callada, así que el resto de políticos seguirán copiando: “Todos somos sospechosos de corrupción”. Se aferra a la mesa de su aula, intenta esconderse entre los alumnos aunque todos la miran con cierto incordio. “Nos has dejado sin recreo”, le dicen desde la fila de atrás.

Y aquí están todos, copiando 500 veces por un crimen por el que no tienen que pagar. Quizá ninguno de los demás sean culpables (quizá ni si quiera lo sea Barberá), y sin embargo, por aferrarse a la silla, todos están sufriendo la sentencia. Sí, Rita Barberá es de esos, de los que todos odiábamos.

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